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LA IZQUIERDA PROGRESISTA

Técnicas de propaganda política

Lázaro Covadlo

Los próximos meses otra vez estaremos sometidos al fragor de la batalla política y tendremos dos opciones: participar en el sarao con todo nuestro ser o pasar por completo, recluyéndonos en el monasterio budista de El Garraf. Bueno, es una idea.

El ruido de fondo tendrá como fuente la propaganda. Es hora de saber diferenciar publicidad de propaganda. La primera consiste, según la tercera acepción de la Academia, en la «divulgación de noticias o anuncios de carácter comercial para atraer a posibles compradores, espectadores, usuarios, etc.». La segunda (siempre de acuerdo con la Academia) es, en su primera acepción, la «acción o efecto de dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores». Como podrá verse, no hay gran diferencia entre lo comercial y lo político.

Yo fui publicista, y como buen mercenario del ramo aprendí cómo dirigir los tiros a efectos de llegar a las grandes masas lo suficientemente fertilizadas para recibir y hacer fructificar las propuestas más estúpidas y disparatadas que salían de la imaginación (es un decir) de nuestro equipo creativo. (Lo de «creativo» también es un decir).

Entre otras lindezas, había que convencer a las amas de casa de que la utilización de un determinado aceite de cocina las haría más sexys a los ojos de sus mariditos. La venta del producto aumentó un 120%, lo cual viene a corroborar el acierto de Einstein respecto a la infinita dimensión de la estupidez humana.

Cuando se menciona la propaganda política mucha gente evoca a Maquiavelo; más adecuado sería remitirse al inicuo Goebbels, que sabía cómo intoxicar a las masas y movilizarlas. Revisemos algunos de los principios propagandísticos del nazi y que cada cual juzgue hasta qué punto son aplicados por las distintas formaciones políticas actuales. Por ejemplo, el «Principio de simplificación», consistente en hacer de todos los adversarios un enemigo único, o el «Principio de transposición», que se basa en cargar sobre el adversario los propios errores, respondiendo al ataque con el ataque, e incluye la táctica de inventar malas noticias para distraer la atención del público de las malas noticias verdaderas.

Tenemos por otra parte el «Principio de la vulgarización», que dice que toda propaganda debe ser popular y debe adaptar su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida, pues cuanto mayor sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental que se le destine, teniendo en cuenta que la capacidad receptiva de la población es limitada, su comprensión muy pobre, y muy grande su capacidad para olvidar. También decía Goebbels que la propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas, repetirlas y machacar, de ahí viene su famoso axioma: «Si una mentira se repite suficientemente acaba por hacerse verdad».El más inquietante de todos estos «principios» tal vez sea el de «unanimidad»: convencer a mucha gente de que piensa como todo el mundo.

¿Usted como quién piensa?

Cataluña, El Mundo
06 septiembre 2007

Nunca es el momento

En una entrevista reciente, Sarkozy despachaba su desdén por los consejos diciendo que casi siempre dicen lo mismo: que no es el momento. Sin duda alguna, se ha pasado la vida oyendo a gentes muy sensatas diciéndole, muy seria y desprendidamente, que no era el momento para esto, ni para aquello o lo de más allá. Me parece que cualquier persona activa ha vivido esa molesta experiencia. En mi caso, alguna vez he cometido la pequeña impertinencia de preguntar al aconsejador: "y si ahora no es el momento de eso, ¿de qué es el momento?". Lamento no recordar la respuesta, si la hubo. Por lo general, el aconsejador inmovilista no suele tener una teoría del momento; tiene una teoría del futuro, que casualmente es idéntico al momento presente: el momento eterno. Los inmovilistas albergan y difunden un profundo pesimismo no sobre la condición humana -es difícil no compartirla a partir de los cuarenta-, sino sobre las posibilidades humanas de modificar las cosas en un sentido deseable a través de la acción adecuada. Puesto que cualquier cosa que hagamos empeorará la situación, lo mejor es no moverse, no actuar, no distinguirse, no llamar la atención, etcétera. España es un país especialmente proclive a esta clase de consejo inmovilista o contemplativo, quizás por una historia multisecular un tanto desastrosa. Tenemos una colección espléndida de dichos en este sentido; mi favorito es aquel de "no corran, que es peor". Si el capitán del Titanic hubiera sido español, lo que habría aconsejado al pasaje cuando el enorme barco fue acuchillado por el iceberg habría sido: "señoras y señores: no corran, que es peor (total, para qué...)". No hace falta que diga que ese consejo que fastidia a Sarkozy también está lloviendo sobre el nuevo partido. Lo más fantástico es que el quietismo es una actitud transversal. Hay quietistas reaccionarios, liberales y de izquierdas. Estos días se están publicando algunas fantásticas piezas en esa dirección. Del pensamiento reaccionario más momificado me quedo con esta, que sostiene la descerebrada teoría de que lo mejor para España es un partido único que la defienda y tal y tal, como un novio legionario. También hay pensamiento reaccionario más agitado y juvenil y por tanto interesado en los sudores, pero ese queda para otro día. En el campo liberal de la preferencia por el ronquido y la inmovilidad, me pareció espléndidamente ejemplar esta premisa pro-parálisis, irónica con la "regeneración democrática" (¿les suena?), del siempre interesante Ruiz Soroa, del que soy devoto lector. Decía:
"Naturalmente, está muy de moda (en realidad siempre lo ha estado) poner el grito en el cielo ante esta realidad y proponer una regeneración del sistema sobre la base de unos ciudadanos exigentes y participativos, unos partidos de nuevo cuño y un espacio público distinto. Regeneración es la palabra mágica. Pero me temo que todo eso es pura sofistería: no está en nuestra mano cambiar radicalmente la estructura básica del mundo social que nosotros mismos producimos con nuestra propia actividad." (el énfasis es mío)
El ilustre abogado debería reparar en que si el mundo social es, como dice y dice bien, algo que producimos con nuestra propia actividad y no una creación divina o un organismo determinado por los genes -escaparía por completo a nuestra intervención en ambos casos-, entonces también es no sólo posible, sino inevitable cambiar el mundo social, sea por acción... o por omisión. Lo malo que tiene el consejo de no hacer nada o lo menos posible es que pierde de vista el hecho, absolutamente esencial, de que no sólo la actividad y el activismo modelan la realidad, sino también la pasividad y la inhibición. A estas alturas no es ningún secreto que el éxito de los movimientos totalitarios ha sido muchas veces más bien cosa del no hacer y dejar hacer que de un verdadero empuje activista de masas, como les gusta afirmar a sus partidarios. Les aconsejo un espléndido libro al respecto, El Tercer Reich en el poder, de Richards J. Evans (Península), donde queda más que meridianamente claro que la desastrosa victoria de Hitler y sus compinches fue sobre todo la consecuencia de la parálisis y la renuncia a la acción opositora de sus numerosísimos enemigos alemanes. Y ya para terminar este breve repaso por la apología de la pasividad y el dolce far niente, ayer nos sorprendía -un poco- Carlos Carnicero mostrando su desolación por la increíble entrevista de Javier Moreno a José Luis Rodríguez Zapatero en El País del domingo, donde el presidente del gobierno emerge como una de las más altas cotas de la insustancialidad política e intelectual de todo el orbe contemporáneo. Carnicero se pregunta cómo es posible que un personaje tan vacuo y carente del menor proyecto haya engatusado a un partido como el PSOE. La pregunta se responde mejor dándole la vuelta: cómo es posible que el PSOE eligiera a Zapatero y haya cerrado filas con ese peligro bípedo todos estos años de disparates (el secreto se llama selección negativa, y ya le hemos dado alguna vuelta en estos lares). Pero Carnicero se abandona a las delicias de la quietud y el fingimiento: "propongo que todos hagamos como que nos creemos lo que dice Zapatero y en espera de que el PSOE trajine alguna idea hagamos lo necesario para que se consumen los tiempos sin que la derecha termine de estropear este país". Qué horror. Sólo puedo añadir que algunos no vamos a estarnos quietos, sea presuntuosa la regeneración democrática, desoladora la vaciedad de Zapatero y temible cierta derecha cerril. Porque esa quietud que predican es suicida en política y además, idiota.
Carlos Martínez Gorriarán

Pueblos, Naciones y

Los Pueblos existen ?

Pues si los pueblos existen, lo que es mas discutible son los Países , que surgen en casi toda la historia conocida al margen de las voluntades de los pueblos (habitantes), y en este caso,  con relación a los derechos históricos, el único argumento, es el tiempo que un país se ha considerado a lo largo de la historia como país.

Tienen algún derecho?

Pues si tienen algún derecho, pero nace del derecho de las "gentes". Costumbre y tradiciones, se trasforman en derechos históricos que van cambiando a lo largo de los tiempos.
Por lo tanto en el pensamiento moderno, los derechos de las personas son la fuente real de los todos los derechos . Podemos estar de acuerdo en el "imaginario de una Catalunya o Pais vasco Independiente", puede, porque no, pero......basandonos en las voluntades de las personas, las cuales son los autenticos sujetos de derechos y no en planteamientos mitológicos o leyendas

Kandisky

La Tercera España

IZQUIERDA LIBERAL

Por Antonio Robles

 

Los desencantos ideológicos de finales del siglo XX nos han dejado desorientados a principios del XXI. ¿Por qué una ideología es más digna de aprecio que otra? ¿Existe un criterio para determinar la superioridad de una ideología sobre otra? ¿Cómo orientarse?

¿Por qué es más progresista ser nacionalista que centralista? ¿Por qué se ha de ser una cosa u otra? ¿Quién decide, y cómo lo determina, por qué es de fachas ser respetuosos con la bandera constitucional española y de demócratas sacralizar la ikurriña o la senyera? ¿Por qué el pacto de gobierno en el País Vasco del filocomunista Javier Madrazo con los clérigos nacionalistas del PNV es loable, pero intolerable la sola idea de que PP e IU colaboren juntos en el Gobierno de España? ¿Por qué la izquierda española ha considerado al Chile de Pinochet una dictadura intolerable y a la Cuba de Fidel Castro un país hermano al que se debe ayudar para que su población no sufra? ¿Por qué se considera a la asignatura Educación para la Ciudadanía un sistema de adoctrinamiento y a la vez se exige que se dé religión y se evalúe su contenido?

 

Las dudas se amontonan y las ideologías nos confunden. Lo único cierto es que no nos podemos fiar de los parámetros ideológicos de izquierdas y derechas, ni de sus formas de hacer política, porque ni esos parámetros ni quienes los llevan hoy a cabo se ajustan a criterios coherentes.

 

Nunca fue tan incierto orientarte en semejante compadreo: el socialista Pascual Maragall pide un Estado federal asimétrico y el Partido Popular nivelar, a través de la Caja Única, el Estado de las Autonomías. La izquierda catalana exige una oficina fiscal propia y la derecha española denuncia que se quiera romper la igualdad fiscal entre los españoles. Un mundo al revés. Yo creía que la izquierda buscaba la igualdad y la derecha beneficios fiscales...

 

Tendencias reaccionarias, progreso y formas cívicas de hacer política

 

Es evidente que tanto la mecánica parlamentaria como los partidos y sus ideologías han dejado de ser operativos por falta de mantenimiento. Desde el final de la II Guerra Mundial, los ajustes han sido mínimos y la acumulación de intereses burocráticos propios del poder a secas, excesivos. Es preciso regresar al pensamiento ilustrado para recuperar de nuevo la idea de progreso, como, en un artículo extraordinario, explicaba Fernando Savater en las páginas del El País el pasado 4 de agosto ("Regreso al progreso"). Y es preciso hacerlo ataviados con el espíritu del librepensamiento, porque el propio concepto de progreso ilustrado, como hijo de su tiempo, no está a salvo de su paso. Y es preciso hacerlo para poder orientarnos con certeza sin que los profesionales de la política nos vendan gato por liebre. El ciudadano sólo puede elegir correctamente si dispone de la información suficiente y el criterio para utilizarla. Atendamos a lo que escribía Savater:

Será progreso cuanto favorezca un modelo de organización social en el que mayor número de personas alcancen más efectivas cuotas de libertad: es decir, son progresistas quienes combaten los mecanismos esclavizadores de la miseria, la ignorancia y la supresión autoritaria de procedimientos democráticos. Hablando el lenguaje que hoy resulta más próximo e inteligible, la sociedad progresa cuando amplía y consolida las capacidades de la ciudadanía. Ser progresista es no resignarse ni conformarse con las desigualdades de libertad que hoy existen, sino tratar de superarlas y abolirlas. Y es reaccionario cuanto perpetua o reinventa privilegios sociales, descarta los procedimientos democráticos en nombre de mayor justicia o mayor libertad de comercio, propala mitologías colectivas como si fuesen verdades científicas, etcétera...

Con esta sola apreciación, las coartadas para el contrabando ideológico, vengan de la izquierda, de la derecha o del nacionalismo, se hacen insostenibles. Por ejemplo, la declaración del catalán como lengua propia para excluir al resto como impropias, sean o no constitucionales, está basada en los "derechos históricos", o sea, fundamentada en aquellos predemocráticos privilegios del Antiguo Régimen abolidos por la Revolución Francesa. Ese borrón y cuenta nueva es ahora revisado para, así, recuperar mecanismos políticos propios de la aristocracia. De dar validez a ese fundamento, nadie podría oponerse sin contradecirse a que la Iglesia, los duques y los marqueses reivindiquen las propiedades históricas que la historia y las leyes hace tiempo desamortizaron.

 

Añado al eje progresista/reaccionario de Savater la fuerza motriz que lo mueve, la forma de ejercer la política. Si en los contenidos izquierdas y derechas intercambian papeles sin más criterio que el simple pragmatismo, en "las formas" viven en constante concubinato. Unos y otros procuran por cualquier medio conservar el poder, y, si no se tiene, alcanzarlo por los mismos maquiavélicos atajos. Me repito (El Mundo, 4-III-2007, "Defensa de la política"):

La política se ha llenado de individuos que se reconocen y se promocionan mutuamente con una simple mirada, es la mirada del poder.

Frente a éstos, están en peligro de extinción aquellos otros que, además de querer ejercer el poder, necesitan tener una disculpa ética para alcanzarlo y amoldarse a unas formas de ejercerlo honestas. Están en desventaja. Para los primeros, lo importante es el fin, o sea el poder a secas, no los medios; para los segundos, no todo vale. Éstos tienen ideales y principios; los primeros, sólo ambición.

 

En esa primacía de los medios, los principios y las normas se violentan con el objeto de adaptarlos a las coyunturas, los discursos se eligen a la carta. Ahora toca exigir responsabilidades porque es el rival quien pierde, o esgrimir justificaciones porque el corrupto es un compañero de partido. Siempre sonrisas interesadas, codazos de terciopelo, navajadas previas como respuesta paranoica a la cultura de la desconfianza. Ni rastro de lealtad, de coherencia, de objetividad ante las reglas no escritas. Un vacío inmenso para el bien común.

 

Restaurar o inventar la honestidad en los pactos contractuales y ejercerlos con formas alejadas del ventajismo se impone como valor imprescindible para que la ciudadanía pueda volver a confiar en la política y desaparezcan de ésta todos los que actualmente la utilizan como un medio de poder. Desgraciadamente, hoy han ido abandonando la política todos los que podían aportar algo al bien común, mientras ingresan en ella quienes buscan unas ventajas que nunca les brindaría la actividad laboral. Para ser más claros: hoy, la política es lo contrario de lo que debería ser. Si tienen alguna duda, pregúntenle a Pepiño Blanco.

 

La idea de "progreso" y las "formas cívicas" de hacer política habrían de ser una referencia insalvable contra los contenidos reaccionarios, y su síntesis la atmósfera transparente de la política.

 

Las ideologías liberal y de izquierdas no abarcan la complejidad del mundo por sí solas

 

Pero las ideologías no sólo se han desfigurado, también han perdido capacidad de comprender y abordar la complejidad del mundo actual. Por eso las dos grandes protagonistas del siglo XX, las de izquierdas y las liberales, ya no representan por sí mismas la mayor parte de los intereses y antagonismos que se dan en sociedades tan complejas como las del bienestar del siglo XXI.

 

Digámoslo de entrada: ni una ni otra podrían resolver por sí solas los grandes problemas de la humanidad. Si es que alguna vez pudieron hacerlo. Sin embargo, la simplicidad impuesta por su rivalidad en los últimos cien años ha dado forma a moldes intelectuales y políticos que hacen difícil pensar las cosas fuera de esos dos parámetros. Aunque de diferente manera. Por razones difíciles de comprender, aunque fáciles de explicar, la izquierda se ha considerado a sí misma moralmente superior a la ideología liberal. La intelectualidad ha tenido mucho que ver con ello. La ideología liberal, a su vez, se ha considerado a sí misma la garante de la libertad, al confundir el derecho a la propiedad con la libertad misma.

 

Una y otra, sin embargo, siguen siendo válidas; no así los subproductos ideológicos nacidos de cada una de ellas: el comunismo, en el caso de la izquierda, y el capitalismo darwinista, en el del liberalismo.

 

Esa superioridad moral de la izquierda ha monopolizado la idea de progreso, de ilustración, de justicia social, y de la misma libertad, entendida como fruto de la igualdad de oportunidades. Todo un despropósito, a juzgar por las huellas dejadas en su práctica comunista. Esta perversión ha sido y es posible por la inclinación, muy humana, de creer en las palabras. La marca de la tribu suele imponerse sobre la razón, y si la marca tiene solera el caparazón se vuelve tan duro que quienes se refugian en él es muy difícil que lo cuestionen. Hoy, en España, haga lo que haga, el PSOE tiene garantizado un 27% del electorado, y el PP un 24.

 

Ni un solo país gobernado por el comunismo ha respetado la idea ilustrada de progreso, de la cual nació aquél y por la cual justificaba su praxis. Ni un solo país gobernado por el comunismo ha respetado la libertad de pensamiento, ni la de expresión, ni la libertad política; y todo a costa de nada: el fracaso de sus planes económicos ha sumido en una igualitaria miseria a todos los que lo han padecido. Y lo peor, ha perseguido, encarcelado, humillado, esclavizado y eliminado a millones de personas. Un insoportable sufrimiento en nombre de ideales hermosos.

 

Con la retransmisión en directo de la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, se dejaba constancia empírica del fracaso histórico de esta ideología. El comunismo había quedado desenmascarado definitivamente; y sin embargo se negó a reconocerlo. Imbuido de no se sabe qué derecho de pernada moral, ha enterrado todo el lastre histórico que lo desautorizaba y se ha replicado en cualquier reivindicación nueva nacida de la existencia misma del propio Estado Democrático de Derecho, como el feminismo, el ecologismo, el indigenismo, la diversidad sexual, etcétera, pero ahora ya definitivamente disuelto tras el concepto general de "Izquierdas".

 

El control del poder por parte del comunismo solía venir precedido de buenas intenciones, pero a medida que se aposentaba en él y extendía su influencia a todos los estamentos sociales se convertía en totalitario.

 

Al contrario que el capitalismo: de la explotación laboral inhumana de sus inicios se fue adaptando a las presiones político-liberales de los Estados democráticos y a las sociales que los sindicatos obreros imponían, para acabar aceptando buena parte de la filosofía social de la izquierda (seguridad social pública y educación universal, seguro obrero, derecho al paro, jubilación garantizada, etcétera). Nunca cedió: toda conquista social fue arrancada a su pesar. Por eso en el Segundo y Tercer mundos, históricamente menos presionado por organizaciones de izquierdas, monopoliza mercados, esquilma materias primas, impone aranceles agrícolas en plena globalización e impide que sus productos agrarios sufran competencia, sin tener en cuenta el principio de reciprocidad.

 

Por el contrario, el pacto económico y la riqueza semicompartida en el Primer Mundo ha convertido en cómplices de sus métodos de producción a la mayoría social, aunque a la vez malgasta energía, contamina con desmesura, consume de forma no sostenible y, con las deslocalizaciones de los últimos tiempos, reduce los derechos laborales que tanto sufrimiento han costado a varias generaciones de trabajadores. No es nada extraño a su naturaleza: está en su esencia escatimar beneficios en cuanto las reglas del mercado laboral le son favorables.

 

El capitalismo tampoco ha respetado la idea de progreso, porque la entiende como una espiral constante e infinita de producción y explotación de recursos materiales, sin tener en cuenta la finitud del espacio y del tiempo, al menos para la medida de nuestras vidas y de las de las generaciones que nos son más próximas y consideramos propias.

 

En cualquier caso, el pulso entre uno y otro sistema se resolvió con el fin de la Guerra Fría a favor del capitalismo, al derrotar éste económicamente al comunismo. Sin embargo, la izquierda, al menos en España, sigue atribuyéndose la superioridad moral sobre el capitalismo, y éste, a pesar de haberse adaptado a muchas conquistas progresistas de la izquierda, sigue siendo presentando como el sistema más reaccionario del mundo.

 

¿Por qué estas paradojas? Especulemos: el espíritu del comunismo nació de un afán de justicia social; el del capitalismo, de la avaricia humana. El primero confió en la bondad de la naturaleza humana, el segundo alimentó su egoísmo. Paradójicamente, el egoísmo en la propiedad y la producción puede activar mecanismos de ambición y competencia que conduzcan a un mejor y mayor servicio para asegurar sus ganancias, y éstas, a su vez, llegar a muchas personas, mientras que la bondad, el altruismo y todas las virtudes buenistas del comunismo desactivan los mecanismos de la avaricia pero, por lo mismo, acaban con la riqueza. En ese camino, el primero se convirtió en dogmático y el segundo en pragmático.

 

El comunismo se justificó en sus principios morales de igualdad aunque fuera a costa de desactivar la creación de riqueza, mientras que el capitalismo renunció a parte de sus desmesurados beneficios: era más inteligente que un mayor número de ciudadanos tuviera capacidad económica, para que la rueda del sistema avanzara, que atrincherarse en beneficios obscenos que acabaran alentando revueltas sociales y revoluciones comunistas. He aquí la visión pragmática del capitalismo.

 

Paradójicamente, el triunfo del sistema liberal sobre el comunismo se ha realizado a costa de la progresiva asunción de principios morales de la izquierda, pragmatismo que pone de manifiesto que ha renunciado (¿?) a su naturaleza más depredadora para ser y seguir existiendo, mientras que la izquierda, acosada por la evidencia de su fracaso, ha renunciado a ser... para afirmarse en el seno del liberalismo a través de su huella social.

 

La combinación sincrética de ambos sistemas desembocó en un espacio de centroizquierda y ha tenido su éxito mayor en las socialdemocracias europeas, al compaginar la igualdad económica de la izquierda, la propiedad privada del capitalismo y la libertad política del liberalismo. El resultado han sido sociedades más ricas, justas y libres.

 

El espíritu reaccionario del XIX: el nacionalismo

 

Con ello no salvamos todos los escollos, sólo los más groseros. Como una maldición histórica, desde finales del siglo XIX se han sumado a los sectarismos estrictamente ideológicos los nacionalismos, esa especie de pseudoideología y pseudorreligión que ha pervertido aún más las formas, los contenidos y los fines de las ideologías.

 

Hoy, en España la obsesión por recuperar o inventar señas de identidad ha infectado por igual a izquierdas y derechas, y de ahí se han pervertido medios y fines de ambas. En ellos se concretan las tendencias más reaccionarias y mejor camufladas de la historia: manipular el pasado para secuestrar el presente, utilizar el territorio y las colectividades como fundamento de legitimidad allí donde se había conseguido universalizar la ley, relegar los derechos individuales del ciudadano y sacralizar los entes colectivos contrarios al bien común y a las reglas constitucionales establecidas, desenterrar "derechos históricos" abolidos definitivamente por los Estados Democráticos de Derecho, etcétera. Y todo para excluir en nombre de la construcción nacional.

 

En sólo 25 años, la aspiración por universalizar derechos y deberes, como el sistema único de sanidad pública, la educación universal y gratuita, la unidad de mercado, la lengua común, la unidad de la Agencia Tributaria, la igualdad de todos los españoles ante la ley, ha sido desprestigiada y convertida en sospechosa; y, por supuesto, sustituida por la superstición cantonalista más reaccionaria e inconsciente desde los reinos de taifas. Incluso la palabra España o la selección nacional de fútbol son combatidas con saña por ser símbolos constitucionales de la unidad de todos los españoles. En una palabra, han logrado que el Estado más antiguo de Europa se avergüence de serlo.

 

De pronto, tomas conciencia de que exponer lo sensato resulta violento y de que ocupa su lugar una liturgia de supersticiones nacionalistas románticas, todas ellas perfectamente inútiles, salvo por su capacidad excepcional para generar resentimiento. Los ejemplos son infinitos y casi siempre ridículos, pero no por eso se ven como tal. Es tanta ofuscación la suya en pro de la construcción nacional, que llegan a dar cobertura informativa a la noticia del derribo del último toro de Osborne en medio de un caos ferroviario, aéreo y eléctrico. O convierten el suicidio de Xirinacs en referencia ética de la lucha por la independencia. Ésa es la Cataluña empecinada en sus delirios de pueblo elegido, la que ocupa todas las instituciones locales y empieza a intoxicar a las del resto de España.

 

El legítimo derecho de las partes a ser frente al todo se ha convertido en un salvoconducto destructivo contra éste. Es tarea de una generación plantarse, levantar la cabeza y sacudirse de encima esta estúpida huida hacia ninguna parte.

 

Izquierda liberal: la Tercera España

 

Decíamos hace un instante: ¿por qué seguir sosteniendo la existencia de partidos de izquierdas y liberales? Y le dábamos sentido no sólo porque es un imperativo democrático la diversidad ideológica, sino porque su proceso dialéctico puede ser la solución para muchos problemas enquistados históricamente. Viene de largo; decía Pablo Iglesias: "Quienes contraponen liberalismo y socialismo, o no conocen el primero o no saben los verdaderos objetivos del segundo".

 

Si aplicamos esta filosofía a la España actual, podría ser una oportunidad para superar el sectarismo de ambas Españas y, de paso, sintetizarlas en una sincrética Tercera España llena de contrastes, pero ninguno excluyente. Tarea ciclópea, porque la dificultad no está en diseñar nuevos fines o abrir caminos para alcanzarlos, sino en convivir con hábitos históricos incapaces de salir de ese laberinto de trincheras.

 

Y es que la derecha española es muy liberal en economía, pero su liberalismo político sólo es coyuntural y su liberalismo moral, nulo. El progreso entendido como el horizonte de libertad que habíamos definido antes es sistemáticamente combatido por el tradicionalismo católico más rancio. Da lo mismo que sean los derechos de los homosexuales, el derecho a una muerte digna, la investigación con células madre, el control de la natalidad, la educación para la ciudadanía, el aborto, la autonomía personal en las costumbres sexuales, la utilización de los impuestos como instrumento social para una mayor igualdad de oportunidades materiales: todo, todo lo que ponga en cuestión la moral vaticana y los privilegios de la derecha más retrógrada es sistemáticamente combatido. En esa mentalidad no hay "progreso" democrático, sólo vetusta voluntad reaccionaria. Por el contrario, la poca o nula capacidad liberal de la izquierda en economía se compensa con una mentalidad abierta en el liberalismo moral.

 

Compaginar el liberalismo moral y la justicia distributiva de la izquierda con la capacidad productiva y la libertad individual del liberalismo serían pilares básicos de esa Tercera España. Y el proyecto político para llevarlo a cabo bien podría ser liderado por Rosa Díez en un partido único para toda España nacido de la fusión y disolución de Ciudadanos, Plataforma Pro y cualesquiera otros grupos que compartan la idea de progreso precisada por Fernando Savater.

 

 

ANTONIO ROBLES, vocal secretario del Grupo Parlamentario de Ciutadans en el Parlamento autonómico catalán.

 

antoniorobles1789@hotmail.com

 

Esto es lo que hay

Esto es lo que hay

  • CARLOS CARNICERO

    03/09/2007

He leído con atención la entrevista publicada ayer en el diario El País en la que el director del periódico conversaba ampliamente con el presidente del Gobierno en lo que quería ser el pistoletazo de salida del nuevo curso político que culminará con las elecciones generales que el presidente ha fijado ya en el mes de marzo.

La sensación que he tenido al terminar la lectura es de una profunda desolación: no hay un ápice de autocrítica personal en ninguna de las respuestas y no hay una sola idea que permita sospechar que detrás de tantos lugares comunes y de tantas obviedades haya un proyecto político. Pero esto es lo que hay en este momento histórico al frente de la izquierda española.

El mejor activo electoral que tiene el presidente del Gobierno para la renovación de su mandato es el miedo y la desconfianza que promueve la derecha española. Una derecha ultramontana, cavernícola, ultra católica y sectaria. Entre permitirse el lujo de que pudiera llegar a ganar Mariano Rajoy con todo lo que esto significa, cualquier persona con sensibilidad democrática optará por votar al presidente Zapatero como forma de impedir que la derecha llegue al poder.

José Luis Rodríguez Zapatero ha abducido al PSOE de la forma más incomprensible: sin proyecto político personal. En un espacio político en el que se ha instalado la levedad, las consignas y los planteamiento vacío, se puede aceptar respuestas como las que da el presidente del Gobierno al director de El País sin que nadie parezca sobresaltarse de la falta de profundidad intelectual y política.

El presidente una vez más nos promete que las cosas van a ir bien. Se permite decir una cosa y la contraria y, como en el país de Peter Pan, nos dice que las cosas serán mejores. Como enfrente está Mariano Rajoy propongo que todos hagamos como que nos creemos lo que dice Zapatero y en espera de que el PSOE trajine alguna idea hagamos lo necesario para que se consumen los tiempos sin que la derecha termine de estropear este país.

JOSE Tomas

JOSE Tomas

Esta inesperada adecuación del héroe a los proporciones del hombre corriente, este tomárselo no por el tamaño de su gesta sino por su ejemplaridad más prosaica se confirma con el discreto tratamiento mediático que está recibiendo la campaña de José Tomás en las plazas de toros españolas. España ya no necesita héroes gratuitos. España se ha modernizado mucho. Tomás, que ya ha sido cogido cuatro veces, y al que el asta de un toro en Málaga deshizo el corbatín (tal es el manierismo con que a veces se anuncia la muerte) está cumpliendo su verano peligroso, sin que haya en los periódicos nadie que lo narre, más allá de la alineación, temperatura, redundancia en el pico y sobrecarga del volapié. Me he arrepentido cien veces de no haber ido yo mismo en busca de este incidente sobrenatural, después de haberle visto reaparecer en Barcelona y aun reincidir una preciosa tarde en El Puerto. Sobre lo que ocurre entre este hombre y los toros se vierten teorías como aceite hirviendo. Se dice que ha vuelto para morir. Se dice que aparece nublado, con el sentido de la realidad, es decir, de la fiera, perdidos y que ahí está el origen de su impasibilidad. Se dice que torea en un terreno donde nadie lo había hecho antes y que está demostrando que es posible hacerlo allí.

La última tarde fue en Linares. No hay taurino ni español de posguerra que pronuncie este nombre sin saberlo. Fue allí para conmemorar el medio siglo de la muerte de Manolete. No es del todo exacto que la estética de Tomás sea la de Manolete, al menos eso dicen los que han visto torear a los dos. Entre otros detalles no menores Manolete toreaba más lejos. Pero Tomás siente al mítico caballero muerto como un referente ético. Manolete levantó la fiesta (¡fiesta!) en un país desangrado por la guerra civil y hambriento. Él lo está haciendo en un país sobrealimentado, de buffet libre, en el que ya ves que el duelo por los héroes de la palestra presenta un insoportable rasgo especulativo. Un país ceñido a la corrección política y donde la fiesta de los toros es el primer objetivo de las sociedades protectoras de animales y de nacionalistas. Un país donde jugarse la vida por un toro provoca una desdeñosa risotada, al revés de lo que sucede, por ejemplo, con la posibilidad de jugarse la vida por la libertad del pueblo vasco, siempre recibida con respeto, unción, recogimiento y temor de Dios.

La tarde de Linares el aficionado Albert Boadella le dijo a su mujer: “Hoy saldrá de la plaza muerto o corneado, pero indemne no saldrá”. Lo importante no es que acertara, sino cómo este presagio se ha extendido este verano por las tardes españolas y cómo los que van siguiendo angustiosamente su calendario esperan a que llegue el veintitrés de septiembre, otra vez en Barcelona, y se aplaque, aunque sea por un rato de invierno, este derroche de heroicidad que no computa la estadística. Este vértigo que ni la necesidad de afecto ni la desesperación metafísica ni el dinero, la vanidad o el placer, ni las disposiciones del arte, parecen capaces de explicar, y del que acaso sólo dé cuenta la ética de un hombre que de repente decide ponerse sobre sus espaldas la fiesta. Convencido de que el héroe es ejemplo para el corazón y no para la cardiología.

 

Arcadi Espada 

LA IZQUIERDA EN CRISIS


“La ideología dominante es la de la clase dominante”. Este planteamiento marxista, nos podría servir para entender lo que ocurre en Cataluña “

Es por esto que muchos de los que dicen que “no son nacionalistas” se mueven en función de las reglas de juego que las clases, clanes, grupos sociales, económicos, políticos y religiosos de Cataluña, establecen como propios de todos los catalanes.

Estos grupos que ostentan el poder, son los que establecen “el Régimen nacional”, el cual genera su propio leguaje y en este caso no hablo del catalán, sino del valor de las palabras y la carga de simbolismos.

Pero para conseguir estos fines necesitan el control o la complicidad de los medios de comunicación y sobre todo el control de la enseñanza como eje central de su implantación ideológica.

Pero es que en este caso cuentan con la complicidad de sectores de “izquierda”, reconvertidos en sectores de comportamiento ideológico complejo o acomplejado, que yo calificaría de “modernos” y que se han apropiado de las palabras: “progresista”, “izquierda”, que han servido a este nacionalismo para que los antisistemas, anarquistas, ¿nacionalistas?, “izquierdista de café con leche”, “xiruqueros”, “cumbayas, “luchadores anti-franquistas tardíos” (lo empezaron a ser con la democracia es decir, sin ningún riesgo), le den una legitimidad al nacionalismo catalán, como no se conoce en ningún otro lugar de Europa.

Por eso es difícil plantar cara al nacionalismo catalán. Además cuentan con una cierta complicidad de los partidos de implantación nacional, (los mal llamados partidos españoles), porque los necesitan en su competencia por el poder.

Los que nos consideramos de Izquierdas, no podemos estar acomplejados y tener miedo que nos califique de fachas o de extrema derecha solo porque seamos disidentes al pensamiento implantado por el nacionalismo catalán.

Un Ex Bandera Roja

Rosa Díez, ¡al fin!

Rosa Díez, ¡al fin!

Antonio Robles

No por esperada, resulta menos dichosa la decisión de la eurodiputada Rosa Díez de dejar el PSOE para dar el espaldarazo definitivo al nuevo partido que ha de nacer de Plataforma Pro, una iniciativa política impulsada por Fernando Savater y Carlos Gorriarán. Aunque puede que ahora no se vea aún así, es un acontecimiento de dimensiones históricas. El centrar excesivamente la vista en lo inmediato y en los numerosos desencuentros de andar por casa impide fijarse en el lento curso de los cambios fundamentales.

La historia y sus amanuenses a veces parecen eternos. Nuestro insuficiente tiempo vital para percibir perspectivas y la persistencia del poder en su empeño por domeñar cualquier cambio nos impiden ver las constantes históricas. Y, sin embargo, estas son más cambiantes de lo que nuestra corta vida y escaso conocimiento nos dejan ver. Y si no atiendan a los últimos 300 años. Si nuestra vida biológica durase lo suficiente hubiéramos visto caer a las monarquías absolutas, la revolución francesa, el cambio de paradigma científico, la irrupción de la teoría darwinista, la expansión del colonialismo y su disolución, el auge, apogeo y derrota de Napoleón, la invención de la energía eléctrica o de la penicilina, la revolución bolchevique y su caída sesenta años después, la insufrible emergencia de los fascismos, la primera y segunda guerras mundiales, el triunfo del liberalismo y los estados democráticos de derecho, el hombre en la luna y el descubrimiento al completo del código genético, el triunfo y disolución de Unión de Centro Democrático... Sin embargo, creemos que la irresponsabilidad de PSOE y PP y los pesadísimos nacionalistas son fatalidades con las que hemos de acostumbrarnos a vivir.

No es el caso que nos ocupa. Déjenme que les recuerde: el partido que nacerá hunde sus raíces no más allá de quince años, cuando en Cataluña, y posteriormente en el País Vasco, fueron creciendo costosa y lentamente movimientos cívicos contra el nacionalismo. Sólo quince años. En tiempo histórico, es un lapso insignificante. Sin embargo, su acción ha comenzado a erosionar los cimientos de un partido centenario como el PSOE. Costó sangre, sudor y lágrimas que intelectuales de la talla de Iván Tubau, Albert Boadella, Félix de Azúa, Arcadi Espada, Francesc de Carreras u Horacio Vázquez-Rial dieran el paso de criticar la impostura del nacionalismo a combatirlo con la acción política. Ahora lo hacen desde el País Vasco intelectuales de la talla de Fernando Savater, políticos consagrados en el PSOE como Rosa Díez o profesores como Carlos Gorriarán. Ya no es la sociedad civil anónima, son intelectuales que no se han avenido a ser orgánicos y políticos que ponen en cuestión la autoridad de sus respectivas iglesias. Bienvenidos a la disidencia.

Son momentos cruciales para el "progreso" en España. Un segundo Concilio de Trento en versión nacionalista nos amenaza. O nos atrevemos a defender el espíritu ilustrado que recorre España desde la Constitucional liberal de 1812 hasta la España constitucional de 1978 o acabaremos replegándonos a la concepción reaccionaria de los nacionalismos y aceptando sus chantajes territoriales con derechos históricos y mangoneos propios del caciquismo del siglo XIX. Y hablo de "progreso" frente a "reacción", en el sentido certeramente dado por Fernando Savater el pasado 4 de agosto en las páginas de El País en su artículo Regreso al progreso:

Será progreso cuanto favorezca un modelo de organización social en el que el mayor número de personas alcancen más efectivas cuotas de libertad. (...) Y es reaccionario cuanto perpetúa o reinventa privilegios sociales, descarta los procedimientos democráticos en nombre de mayor justicia o libertad de comercio, propala mitologías colectivas como si fueran verdades científicas, etcétera...

Es la Tercera España, la que es capaz de aceptar las ideas por lo que valen, no por quién las sostiene; la que pone en el individuo el objeto del derecho, no en los territorios; la que deja en la acción del librepensamiento, de la razón y del laicismo de Estado el universo donde la sociedad española dirima sus cuitas. Es la España que resalta lo que une frente a lo que separa.

No es tarea fácil reunir las mimbres para conseguir esos fines.

En cualquier proyecto, también en éste, no todas las ideas tienen cabida. En Ciudadanos se cometió precisamente ese error por un exceso de optimismo asambleario, propio de una formación adolescente: se corrió el rumor de que en ese proyecto cabían todas las ideas. Y se llegó a convertir en una virtud lo que a todas luces era una estupidez. Exagerando, ¿cómo van a tener cabida ideas estalinistas o nazis? ¿Cómo van a poder entrar en una formación democrática que nace para generar más transparencia, más racionalidad, más libertad, más librepensamiento, más progreso comportamientos sectarios, ideas profundamente reaccionarias, integrismo religioso, nacional o ideológico? Dicen que nadie nace enseñado, pero si lo que va a nacer está advertido, el riesgo se minimiza. No bastará con la trayectoria inequívocamente socialista de Rosa Díez, la maquinaria mediática de sus ex compañeros la falsificarán hasta la náusea; no bastará la inequívoca lucha cívica de Carlos Gorriarán o el librepensamiento de nuestro Bertrand Russell nacional, Fernando Savater; muchos de los futuros partidarios los tomarán por lo que no son. La mayoría de las veces, de buena fe.

En cualquier caso, el partido será de sus militantes, como no podría ser de otra manera, pero si una mayoría de ellos apuntan en la dirección contraria por la que precisamente nació, el fracaso del proyecto no será del equívoco de estos militantes, sino de la ingenuidad de quienes lo dirigieron.

Es mi pequeña aportación desde Ciudadanos a un proyecto nacional sin complejos que ha de conseguir unir las voluntades de tantos otros esfuerzos para evitar que España sea un zoco de trileros.

Hoy es un día feliz para la libertad. Bienvenida, Rosa.