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LA IZQUIERDA PROGRESISTA

JOSE Tomas

JOSE Tomas

Esta inesperada adecuación del héroe a los proporciones del hombre corriente, este tomárselo no por el tamaño de su gesta sino por su ejemplaridad más prosaica se confirma con el discreto tratamiento mediático que está recibiendo la campaña de José Tomás en las plazas de toros españolas. España ya no necesita héroes gratuitos. España se ha modernizado mucho. Tomás, que ya ha sido cogido cuatro veces, y al que el asta de un toro en Málaga deshizo el corbatín (tal es el manierismo con que a veces se anuncia la muerte) está cumpliendo su verano peligroso, sin que haya en los periódicos nadie que lo narre, más allá de la alineación, temperatura, redundancia en el pico y sobrecarga del volapié. Me he arrepentido cien veces de no haber ido yo mismo en busca de este incidente sobrenatural, después de haberle visto reaparecer en Barcelona y aun reincidir una preciosa tarde en El Puerto. Sobre lo que ocurre entre este hombre y los toros se vierten teorías como aceite hirviendo. Se dice que ha vuelto para morir. Se dice que aparece nublado, con el sentido de la realidad, es decir, de la fiera, perdidos y que ahí está el origen de su impasibilidad. Se dice que torea en un terreno donde nadie lo había hecho antes y que está demostrando que es posible hacerlo allí.

La última tarde fue en Linares. No hay taurino ni español de posguerra que pronuncie este nombre sin saberlo. Fue allí para conmemorar el medio siglo de la muerte de Manolete. No es del todo exacto que la estética de Tomás sea la de Manolete, al menos eso dicen los que han visto torear a los dos. Entre otros detalles no menores Manolete toreaba más lejos. Pero Tomás siente al mítico caballero muerto como un referente ético. Manolete levantó la fiesta (¡fiesta!) en un país desangrado por la guerra civil y hambriento. Él lo está haciendo en un país sobrealimentado, de buffet libre, en el que ya ves que el duelo por los héroes de la palestra presenta un insoportable rasgo especulativo. Un país ceñido a la corrección política y donde la fiesta de los toros es el primer objetivo de las sociedades protectoras de animales y de nacionalistas. Un país donde jugarse la vida por un toro provoca una desdeñosa risotada, al revés de lo que sucede, por ejemplo, con la posibilidad de jugarse la vida por la libertad del pueblo vasco, siempre recibida con respeto, unción, recogimiento y temor de Dios.

La tarde de Linares el aficionado Albert Boadella le dijo a su mujer: “Hoy saldrá de la plaza muerto o corneado, pero indemne no saldrá”. Lo importante no es que acertara, sino cómo este presagio se ha extendido este verano por las tardes españolas y cómo los que van siguiendo angustiosamente su calendario esperan a que llegue el veintitrés de septiembre, otra vez en Barcelona, y se aplaque, aunque sea por un rato de invierno, este derroche de heroicidad que no computa la estadística. Este vértigo que ni la necesidad de afecto ni la desesperación metafísica ni el dinero, la vanidad o el placer, ni las disposiciones del arte, parecen capaces de explicar, y del que acaso sólo dé cuenta la ética de un hombre que de repente decide ponerse sobre sus espaldas la fiesta. Convencido de que el héroe es ejemplo para el corazón y no para la cardiología.

 

Arcadi Espada 

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