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LA IZQUIERDA PROGRESISTA

medio millar de descerebrados por la LOGSE nacionalista monten un aquelarre

Querido Arcadi:

Salvo en un blog, el de Santiago González no he visto que nadie se fije en lo que más salta a la vista, chamuscada por la pira inquisitorial: que las quemas catalanas de la imagen de la Jefatura del Estado casi siempre se hacen mediante fotos del rey (y en Girona, capital del tradicionalismo catalano-español, en compañía de la reina) exhibidas boca abajo.

De Mussolini y Clara Petacci a Nicolae y Elena Ceaucescu –con los antecedentes ocultos de Nikolai Aleksándrovich Románov y su esposa Alexandra Fiodorovna e hijos, fusilados en un cuatro trastero: el equivalente ruso del ahorcamiento veneciano cara al suelo –, mostrar al poder derrocado y boca abajo significa no sólo su eliminación física, sino el triunfo de los resentidos sobre el poder del que hasta antesdeayer derivaban su influencia.

A mí, que ni monárquica ni republicana soy y me la sudan y soplan estas rémoras del espantoso siglo XX (no así España y los españoles), lo que me corta el aliento no es que menos de medio millar de descerebrados por la LOGSE nacionalista monten un aquelarre en la esquina de mi calle, sino que los ídolos que quemen en plaza pública apunten con sus cabezas al suelo. Porque lo que quieren significar con ese gesto es que son o pretenden ser, aun sin saberlo, dignos émulos de Atila,y que vienen a decirnos a todos: machacaremos vuestras cabezas contra la dura roca de esa tierra que sólo a nosotros, los puros de sangre y cultura y lengua, nos pertenece, para que no vuelva a crecer la hierba en la que antaño pastaron los trashumantes.

Y para que se vea que también descreo de la eficacia de la ironía, ejérzase desde tribunas mediáticas o desde neonatos partidos políticos, valga de recordatorio este poema en prosa de 1961 del polaco Zbigniew Herbert:

DE LA MITOLOGIA

Al principio existía el dios de la noche y la tormenta, negro fetiche sin ojos ante el que saltaban hombres desnudos y untados de sangre. Después, en los tiempos de la república, hubo una gran cantidad de dioses, con sus esposas, hijos, crujientes lechos y rayo que estalla sin peligro. Al final sólo los neurasténicos supersticiosos llevaban en sus bolsillos una pequeña estatuilla de sal representando al dios de la ironía. No había en aquel tiempo divinidad mayor. Entonces llegaron los bárbaros. Ellos también apreciaban mucho al dios de la ironía. Lo machacaban con sus tacones y lo vertían en sus platos.

("Informe desde la ciudad sitiada y otros poemas". Trad. Xaverio Ballester, Hiperión, 1993.)

 

Del Blog de Arcadi Espada 


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